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Sin jazmines en el pelo ni rosas en la cara. Siete poemas de Carolina O. Fernández



Sin jazmines en el pelo ni rosas en la cara

Sonríe la calabaza cuando el gato gris

Se abalanza sobre llorosas uvas

Que se sienten secuestradas como

Una manzana mordida enclaustrada

En habitaciones humanas tan lúgubres

Como una cebolla cortada con lágrimas



III


madre no eres tú quien tambalea por los años

no eres tú quien cansada de insomnios rompe la mañana

perdona los enrevesados caminos de mis trenzas

(perdona la tristeza)

tantos años de cautiverio madre

cientos de lucha imparable


quebrantando las reglas del desierto

lidiando dardos de la muerte

pintaré mi espalda tatuaré mis pies

mi mandíbula Tatuaré mi diestra y mi siniestra

tatuaré las avenidas

con innumerables signos silenciosos y

bullentes

tatuaré los malos tiempos

el aniversario de la guerra

tatuaré las profundidades de la tierra

en mi pequeño sistema solar


De a tientas (Vagón azul Editores, 2016)


Mi cuerpo

es decir mi país

es un campo de batalla.


Todo el tiempo ha sido

un campo de batalla

una república oscura

de flores que rehúyen

caudillos de vanidad

entumecida en los lavaderos

profundos de la tierra.


Mi campo

mi país gramatical

traición olvido

estupor

tantas veces un poema ignorado

como el yanantin que nivela

los cerros para construir juntos

la madera de un hogar

o para sacar el clavo de mis ojos.


Mi casa

mi país

es el qhapac ñan transitado

De noche en medio Luna

Como en tiempos no idos

el Sol irradia ceques

hacia las montañas de las urbes


Ofrenda de los ayllus

a las comunidades no sometidas

en la huaca de mi barrio


Pero no tengo casa ni país

sino un agridulce manzano

que resuena en mis oídos.



CREMA DE PALABRAS


Es tiempo de parir

picar el zapallito

quitar las piedrecillas

cambiar el agua por tercera vez

rayar el jengibre

agregar una copa de cognac


Sazonar con zumo de añoranza

Sin las golondrinas se acaba el mundo.


De No queremos cazar la noche (Hipocampo editores, 2019)


KIMSA


Nací en el sur Soy hija de la hierba y del azar

el rugido de las olas

el viento y la vid

el rugido de la matria que mi cuerpo atesora


Nací en el solsticio de invierno cuando nacen las ballenas

acompañada de estrellas de mar

conchas de abanico

y audaces caballitos de colores


Soy la palabra queda la palabra nutria

la palabra amapola

Soy el respiro que se apaga y empeña en fluir

Soy lluvia destello

tránsito

aire de algas danzarino

a quien nadie le cortará el pensamiento



PISHKA


Mis cicatrices irrumpen en la profundidad de los océanos

miles de infantes protegidos por el vientre del pacífico

viajamos en gigantes almejas


En Pachacamac

mi corazón atraviesa el latido cósmico

a la velocidad de la luz


Mis cicatrices irrumpen en la profundidad de las rocas


No he logrado la madurez esperada por aquellos que piensan

cómo conducir a lo que llaman masa

queríamos disfrutar las piedras en la arena

bailar en la cresta del mar y bucear en él


La policía disparó a muerte en el canal de la Mancha

tambaleó el bote de goma y nos arrojamos todos

Madre logró subirme a sus espaldas y nadó

como siempre lo hizo

rumbo mar adentro.



XXVIII


Sobrevivo en la profundidad de las rocas

En la ciudad de la hecatombe

ya no recuerdo mi infancia

cocinaba poemas que ardían

en las ollas de barro del fogón

A medianoche

las estrellas encandilaban el camino serpenteado de eucaliptos

Me tomabas en brazos

y bajo el alumbrar de los glaciares incendiábamos la bruma

La iglesia era una enorme corona de oro en llamas

y volamos junto a las palomas y sus doce campanadas

Yo era una aprendiz de poeta

aprendiz de paloma

El candelabro encendió mis huesos

hasta encenizar mis plumas

y así aprendí el fundamento

de la página en blanco

Hambre voraz

decía mi madre en su propia lengua


De Rumikuna del mar (Hanan Harawi, 2021)

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