top of page

Poéticas del ajedrez. El tablero como artefacto de creación, por Franco Salcedo

Actualizado: 21 ene

¿Qué tienen en común escritores como Rodolfo Hinostroza, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik y Jorge Luis Borges? Poesía en la ciudad comparte este interesante ensayo del escritor Franco Salcedo, que propone una lectura del ajedrez en la poesía no como metáfora, sino como dispositivo poético. A través de una constelación de textos y autores, el tablero aparece como una estructura crítica desde la cual pensar la forma, el lenguaje y el conflicto.


Poéticas del ajedrez. Ensayo sobre el tablero como dispositivo poético

Escrito por: Franco Salcedo


El ajedrez ha ingresado en la poesía no como tema ornamental ni como simple metáfora intelectual, sino como dispositivo de pensamiento. Su estructura cerrada, su violencia reglada, su lado lúdico (el ajedrez es un juego y también un deporte), su abstracción extrema y su relación con el tiempo lo convierten en un espacio privilegiado para pensar la historia, el lenguaje, el cuerpo y la derrota.


Los textos reunidos aquí no celebran el ajedrez ni lo explican; cada uno activa un plano distinto: la indiferencia ética, la repetición histórica, el quiebre del yo, el vértigo metafísico, el contagio corporal o la transmutación del lenguaje. El tablero aparece, así como un campo donde se cruzan sistemas incompatibles sin resolverse: forma y vida, razón y violencia, cálculo y pérdida.

Esta compilación no propone una lectura unitaria, sino una constelación. En ella, el ajedrez no ofrece respuestas ni moralejas: expone tensiones. Como la poesía, no promete salida, pero permite ver con precisión los límites del pensamiento.


Constelación poética del ajedrez. Textos comentados.


1.- Los jugadores de ajedrez, de Fernando Pessoa


Forma e indiferencia. En este poema, el ajedrez no es evasión ni refugio, sino una escala de valores alternativa. Los jugadores no ignoran la guerra: la conocen, la piensan, la registran. Sin embargo, deciden que no tiene peso frente a la lógica del tablero. Pessoa no presenta esta actitud como error psicológico, sino como opción ética extrema: preservar la forma aun cuando la vida se degrada alrededor.


El ajedrez aparece aquí como un espacio donde el mundo exterior pierde relevancia. No hay culpa ni angustia; hay serenidad. El poema incomoda porque sugiere que la abstracción —cuando es llevada hasta el límite— puede justificar cualquier indiferencia. No hay ironía visible: la frialdad del tono es parte del problema que el poema plantea.


Los jugadores de ajedrez


Oí contar que otrora, cuando en Persia

hubo no sé qué guerra,

en tanto la invasión ardía en la Ciudad

y las hembras gritaban,

dos jugadores de ajedrez jugaban

su incesante partida.

 

A la sombra de amplio árbol fijos los ojos

en el tablero antiguo,

y, al lado de cada uno, esperando sus

momentos más holgados,

cuando había movido la pieza, y ahora

aguardaba al contrario,

una jarra con vino refrescaba

su sobria sed.

 

Ardían casas, saqueadas eran

las arcas y paredes,

violadas, las mujeres eran puestas

contra muros caídos,

traspasadas por lanzas, las criaturas

eran sangre en las calles…

Mas donde estaban, cerca de la urbe

y lejos de su ruido,

los jugadores de ajedrez jugaban

el juego de ajedrez.

 

Aunque en los mensajes del yermo viento

les llegasen los gritos,

y, al meditar, supiesen desde el alma

que en verdad las mujeres

y las tiernas hijas violadas eran

en esa distancia próxima,

aunque en el momento en que lo pensaban,

una sombra ligera

les cruzase la frente ajena y vaga,

pronto sus ojos calmos

volvían su atenta confianza

al tablero viejo.

 

Cuando el rey de marfil está en peligro,

¿qué importa la carne y el hueso

de las hermanas, de las madres y de los niños?

Cuando la torre no cubre

la retirada de la reina blanca,

poco importa el saqueo,

y cuando la mano confiada da jaque

al rey del adversario,

poco ha de pesarnos el que allá lejos

estén muriendo hijos.

 

Aunque, de pronto, sobre el muro

surja el sañudo rostro

de un guerrero invasor que en breve deba

caer allí envuelto en sangre,

el jugador solemne de ajedrez

el momento anterior

(anda aún calculando la jugada

que hará horas después)

sigue aún entregado al juego predilecto

de los grandes indiferentes.

 

Caigan ciudades, sufran pueblos, cesen

la libertad, la vida,

los protegidos y heredados bienes

ardan y sean desvalijados,

mas cuando la guerra las partidas interrumpa,

esté el rey sin jaque,

y el de marfil peón más avanzado

amenazando torre.

 

Mis hermanos en amor a Epicuro

y en entenderlo más

de acuerdo con nosotros mismos que con él

en la historia aprendamos

de esos calmos jugadores de ajedrez

cómo pasa la vida.

 

Todo lo serio poco nos importe

lo grave poco pese,

que el natural impulso del instinto

ceda al inútil gozo

(a la sombra tranquila de los árboles)

de hacer buena partida.

 

Lo que llevamos de esta vida inútil

tanto vale si es

gloria, fama, amor, ciencia, vida,

como si es tan sólo

el recuerdo de un certamen ganado

a un jugador mejor.

 

La gloria pesa cual copioso fardo,

la fama como fiebre,

el amor cansa porque va en serio y procura,

la ciencia nunca encuentra,

la vida pasa y duele, pues lo sabe…

La partida de ajedrez

prende el alma toda, aunque, perdida, poco

pesa, pues no es nada.

 

¡Ah! bajo las sombras que sin querer nos aman,

con un jarro de vino

al lado, y atentos sólo a la inútil tarea

de jugar al ajedrez

aunque esta partida sea tan sólo un sueño

y no haya compañero,

imitemos a los persas de la historia,

y, mientras allá fuera,

cerca o lejos, la guerra y la patria y la vida

nos llaman, dejemos

que en vano nos llamen, cada uno de nosotros

bajo sombras amigas

soñando, él los compañeros, y el ajedrez

su indiferencia.

 Firmado con su heterónimo Ricardo Reis


2.- Ajedrez, de Jorge Luis Borges


Metafísica e infinito. Borges desplaza el ajedrez del plano ético al ontológico. Las piezas creen luchar entre sí, pero son movidas por el jugador; el jugador cree decidir, pero es movido por otro tablero mayor. El poema no busca resolver esta cadena, sino abrirla. Cada nivel de control es inmediatamente puesto en duda.


Aquí el ajedrez no simboliza la guerra ni la vida social, sino la estructura del universo: una serie de determinaciones encadenadas donde el libre albedrío es siempre relativo. El tablero no termina cuando termina la partida; el rito persiste más allá de los jugadores. Borges convierte el ajedrez en una máquina de pensamiento metafísico, fría y precisa, donde toda certeza se disuelve.

 

Ajedrez


I

En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas. El tablero

los demora hasta el alba en su severo

ámbito en que se odian dos colores.

 

Adentro irradian mágicos rigores

las formas: torre homérica, ligero

caballo, armada reina, rey postrero,

oblicuo alfil y peones agresores.

 

Cuando los jugadores se hayan ido,

cuando el tiempo los haya consumido,

ciertamente no habrá cesado el rito.

 

En el Oriente se encendió esta guerra

cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.

Como el otro, este juego es infinito.

 

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

reina, torre directa y peón ladino

sobre lo negro y blanco del camino

buscan y libran su batalla armada.

 

No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino,

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada.

 

También el jugador es prisionero

(la sentencia es de Omar) de otro tablero

de negras noches y de blancos días.

 

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?


3.- Ajedrez, de Alejandra Pizarnik


Transmutación y lenguaje. En Pizarnik, el ajedrez deja de ser sistema o estructura visible y se vuelve campo de transformación. No hay jugadores ni reglas reconocibles. Aparecen “peones”, pero atravesados por conceptos gramaticales; aparece el movimiento, pero sin dirección estratégica. El poema no describe una partida: desarma los planos del sentido.


El título Ajedrez funciona como nombre de un espacio donde lo lingüístico, lo corporal y lo conceptual se mezclan sin jerarquía. La “masa lingüística” que desea ser el yo poético señala un programa: el lenguaje como materia maleable. El ajedrez no organiza el mundo; permite que todo cambie de estado. Es un laboratorio poético, no un juego.

 

Ajedrez

 

todavía la enclítica no destruye

los peones reverentes ante él

millares de montañas

revientan exquisitas

delante del sol rojo

(no sol amarillo)

pensar innato en moldeadas rejas

torta trashumeante de vela sin fogón

quisiera ser masa lingüística

para cortarle la barba

ondas en preciosa lumbre

alzar bandera gratuita

kilómetros de nueces

y golpes en relevante torniquete


4.- Gambito de rey, de Rodolfo Hinostroza


Historia y repetición. Hinostroza hace avanzar la partida junto a la historia. El ajedrez no domina el poema ni lo explica: lo acompaña. Las jugadas aparecen entrelazadas con reflexiones sobre el poder, la revolución, el amor y el fracaso. No hay alegoría cerrada, sino correspondencias móviles.


El error es central. Se yerra, se pierde, se insiste. El Maestro no promete victoria: ordena volver a jugar. El ajedrez funciona como modelo de una historia que no progresa hacia una síntesis, sino que persiste en la repetición del intento. Aquí el juego no abstrae la vida ni la ignora: la refleja en su circularidad.


Gambito de rey

 

Y continué P4 AR

"Jugada peligrosa", dijo el Maestro, "de la escuela

romántica. Andersen

sale así en la Inmortal. Cuide Ud. 4T y tal vez haga tablas"

Y salieron mis escuadras imprecisas

transparente mediosueño bajo el canto del pájaro

campana

y el árbol que todo lo sabe desplegando sentencias en

románicas. PxP

aceptó el Negro. Y yo C3AR.

Y por entonces la Realidad era

una impetuosa fantasmagoría/ cierto impulso

en la materia del ánima humana la conduce a negar el

pasado.

"¡Eh!", insistí otra vez "¿Cómo voy a seguir?

Qué decir de la Historia si es licencia poética

decir que se repite, que el incesante error

de los vencidos se repite, que el Poder del Imperio se

repite"

Algo hay, yo te diré

que te conduce a afirmar el pasado y a repetir un acto

equivocado

para sentir que existes/ porque eres desdichado por

ejemplo/

y es inútil el acto, pero no obstante obligado

de repetir, pudiera ser que en el siguiente ciclo

se abran las puertas de la justicia

o de la paz.

Ah ¡Esa repetición spengleriana! / Espanto lúdico

perdido en sus orígenes.

Gigantesca esfera de leyes implacables

Nunca nadie jugó dos partidas iguales: así creer

en la repetición histórica es pura necedad. Mira bien:

ahora el Negro

llevará el Alfil a 2D, y ésa es

Defensa Cunningham.

de largas consecuencias.

Supuse que volviendo

agradaría a todos si es que hablaba de amor y alegría,

aunque malditas las ganas que me quedaban, pero aquí

huyen

del melancólico como del apestado en el s. XIV

y todo se ha perdido, aunque haya bautizado este regreso

con un sonoro nombre griego: NOSTOS

Extraño

en

Ecbatana, como dice

Mc Leish. Adiós, culeados sueños, adiós tu pulso, tallador

de brillantes

el regreso no significa nada, la miserable comunión de

los cielos

con cualquier otra cosa jamás se ha producido, y hay algo

que acelera la fuerza de las cosas: una quieta barbarie de

los tuyos

oculta entre palabras y unos gestos ambiguos. Nostos:

destierro del amor. Adiós gran árbol que ibas a florecer

y te quemaste;

adiós frutas enanas,, parábola de Anteo, etc. que las

gentes

echan tierra a tus ojos, y esa es toda la tierra que te han

dado.

Cuídate del ridículo

Cuídate del epíteto

Cuídate de la verdad en boca de los niños.

"Audacia, más audacia, siempre audacia", recordé

haciendo A4AD. El Maestro insistió: "4T está

desamparada".

Y se siguieron una serie de golpes:

su A5T jaque(+) mi CxA y el suyo DxC y nuevamente

jaque.

Así llegó la hora de velar al gran amor. Los manjares

del banquete nupcial sirvieron para el banquete

de difuntos.

Hamlet, act I, viceversa,

y grité: "¿Eh? ¿Quién ha muerto? ¡En esta casa no se

muere nadie! ¡Es la casa del amor, del olvido, de la

reconciliación!"

Eso dije y los pájaros picotearon mis riñones

y creo que el pórtico de una casa en mi espíritu se

derrumbó

crujiendo como el hueso de un ave.

El Maestro

salmodiaba en un tablero lejano: "Hablemos de dialéctica

viviente, o alquimia del espíritu, como se llamaba

hace 8 siglos: una fuerza que se opone a otra fuerza

actúa sobre la contradicción del enemigo. Enroque Ud.

consolídese/ conózcase a sí mismo/ no juegue ningún rol

sea Ud. todas las piezas del tablero/ sienta la amputación

de un miembro

cuando cae un peón. Un Yo compacto, un Yo

visible, si no revierte sobre la propia Historia

es un poder desperdiciado, una pura metáfora hedonista.

Observe Ud. la armonía

de la Defensa India del Rey".

Pero quieren decirme ¿de qué juego me hablan?

Los últimos cisnes cantaron con horribles aullidos de

castrati.

Una mano indecisa sacrificó el P en 3C, y PxP, la

rápida respuesta D2R, y el Negro

siguió P7C. Jaque descubierto.

Y todo fue arriesgado

y todo fue perdido.

Así ellos los audaces sobre un punto de una esfera bruñida

quisieron encender lo que se dice el fuego incorruptible.

Pero no hubo movimientos alados, ni ayuda, ni piedad.

¡Oh

descomedidos campesinos! ¡Ah, las brutales manadas de

los satisfechos

que imaginan tomar parte en el banquete! Mala peste al

país

que abandona a sus héroes, que caen como una estampa

bíblica

con la sal en el rostro.

Y un hombre

se apoya contra un árbol, disponiéndose a acabar su vida

con dignidad:

escucha: K.550 entre el murmullo de las ametralladoras

el minuet se enfrenta al infinito

sabiendo de antemano que será derrotado

y así fue el canto

de la revolución, amor, amor.

Así pues

devoraron bellotas

haciendo lo que se llama el recuento de muertos.

Y siguió mi fatal R1D y el PxT coronando

abrió la persecución implacable

crucé

mi D en 1A.

"¿Sabes lo que jugamos?" preguntó el Negro

"¿Qué?" dije estúpidamente. "Tu fe. Y tu futuro."

Utopía se cae, se cae.

Los sueños ruedan a las alcantarillas

ángeles incoloros vagan

sin ruta y sin objeto entre las agujas de los templos

ruedas ardientes giran con los descabezados

¡Mi escuadra!

¡Mi orgullosa escuadra!

¡Mi querido Yo Mismo!

Entre la música de los escupitajos y los murmullos de

los paterfamiliae.

D5C (+). Una fangosa eternidad de espera; luego

el lento movimiento al A2R. Y DTxD

"¡Mate!" aulló el Negro

derribando las sillas escarlata. / Act. V. Telón/

La implacable esfera

las leyes implacables. 64 escaques

y el universo se comba sobre sí mismo. No hay afuera,

no hay

escape hacia otra dimensión donde todo esto sea

la historia del reptil, la historia del anfibio, la pura

prehistoria.

"Pero vuelva a jugar" dijo el Maestro "una partida

es sólo una partida. La especie humana

persiste en el error, hasta que sale

una incesante aurora

fuera del círculo mágico".

Entonces

a la partida siguiente

jugué en 3) A5C.

"¿Ruy López?" observó el Maestro

"Usted aprende".


5.- La derrota, de Jan Hein Donner


Derrota y quiebre del yo. Donner elimina toda distancia simbólica. El ajedrez no sirve para pensar la historia ni el lenguaje, sino para mostrar el instante exacto del derrumbe subjetivo. Una jugada mal hecha basta para paralizar el cuerpo, generar culpa, exigir castigo.


El tablero vacío es tan importante como el error: ya no queda estructura que sostenga al jugador. El texto describe una experiencia límite donde el yo se reduce a su falla. No hay consuelo ni aprendizaje. El ajedrez aparece como una práctica capaz de producir humillación absoluta, sin trascendencia ni redención.

 

La derrota

Al jugador de ajedrez que ha perdido su partida… ¿quién podría describirlo? Lo he visto incapaz de moverse. El público se ha ido, las luces están apagadas, y él sigue rígido en su silla, mirando a un tablero vacío, porque se le escapó Ag2. Un caso de absoluta petrificación, con mirones deambulando en torno y susurrando. Le he visto pedir que le castiguen en un lenguaje blasfemo. Olvidó Ch5, y por ello exige la total aniquilación de su ser. Desprecia brutalmente las palabras de consuelo, pide insultos y condenación. Poseído por el horror, lo he visto jurar con desatada furia, amenazándose con cortarse los testículos, porque ha jugado Df6 en lugar de Db6.


6.- A paso de caballo, de Semión Kirsánov


Cuerpo y contagio. Kirsánov no escribe desde la partida, sino desde el entorno saturado del ajedrez. El hablante no juega: camina a paso de caballo. El juego se ha infiltrado en el cuerpo, en el ritmo de la ciudad, en la percepción. El ajedrez aparece como fenómeno cultural masivo, como ruido mental.


El caballo —pieza que rompe la linealidad— se vuelve metáfora del desajuste moderno. El poema registra el cansancio, la posesión, la sobreexposición. No hay cálculo ni estrategia: hay agotamiento. El ajedrez es clima, no elección.


A paso de caballo


En mi vida había jugado yo al ajedrez,

pero en los días del match Fischer - Spassky

camino, cual tablero arrojado a las tinieblas,

extenuado por todos los matches y torneos.

Por las calles ¿camino? a paso de caballo.

O cabalgo, sintiendo mis propios recovecos.

Relincho, en fin, como si estuviera poseído.

 

7.- Female Author, de Silvya Plath


Violencia simbólica, género y control. En este poema, el ajedrez ya no aparece como sistema abstracto ni como juego intelectual, sino como escenografía de dominación. No hay tablero visible ni partida reconocible, pero el acto de “jugar al ajedrez con los huesos del mundo” instala una lógica de poder total: el mundo —y sus cuerpos— es materia manipulable.


La figura femenina no ocupa el lugar del jugador clásico racional, sino el de una soberana inmóvil, recluida en el interior doméstico, rodeada de objetos blandos, dulces, ornamentales. Esa feminidad exacerbada no es refugio: es dispositivo de crueldad. Mientras el afuera se puebla de niños que lloran, huesos, sangre y lluvia, el juego continúa en un espacio cerrado, acolchado, aparentemente inofensivo.


El ajedrez funciona aquí como modelo de violencia simbólica: no requiere movimiento visible ni choque frontal. El dominio se ejerce a distancia, mediante reglas implícitas, rituales privados y una estética del control. La sangre que se refleja en el manuscrito sugiere que el lenguaje mismo participa del juego: escribir es también una forma de mover piezas.


A diferencia de Borges o Pessoa, donde la abstracción suspende la ética o la multiplica hacia el infinito, en Plath la abstracción encubre el daño. El juego no eleva ni ordena: anestesia. El ajedrez ya no es campo de pensamiento, sino mecanismo de separación entre quien decide y quienes padecen. No hay derrota visible ni jaque final: el horror reside en la continuidad silenciosa del juego.


Dentro de la constelación, este texto introduce una torsión decisiva: el ajedrez como economía íntima del poder, donde género, lenguaje y violencia convergen sin necesidad de tablero. El sistema persiste, incluso —o sobre todo— cuando parece decorativo.

 

Female Author


Todo el día juega al ajedrez con los huesos del mundo:

Favorecido (mientras de repente comienzan las lluvias)

Más allá de la ventana) ella yace acurrucada sobre cojines.

Y de vez en cuando mordisquea un bombón de pecado.

 

Remilgada, de pechos rosados, femenina, ella amamanta

Fantasías de chocolate en habitaciones empapeladas de rosas

Donde los chicos pulidos susurran maldiciones crujientes

Y las rosas de invernadero arrojan flores inmortales.

 

Los granates en sus dedos brillan rápidamente

Y la sangre se refleja en el manuscrito;

Ella reflexiona sobre el olor, dulce y enfermizo,

De gardenias purulentas en una cripta,

Y perdido en una metáfora sutil, se retira.

De rostros grises de niños que lloran en las calles.


8.- Poema sin ajedrez, de Magdalena Chocano


Ausencia de forma y deriva política. Este poema ocupa un lugar decisivo en la constelación: no introduce una nueva variación del ajedrez, sino su retirada explícita. El título no es irónico ni provocador; es literal. Aquí ya no hay tablero, piezas ni reglas. Lo que se pone en escena es lo que ocurre cuando una estructura simbólica fuerte desaparece.


La consecuencia es política y lingüística a la vez. Sin el dispositivo organizador —el ajedrez como sistema de oposición, jerarquía y conflicto— la política se vuelve ilegible: no hay bandos claros, no hay estrategia, no hay relato de fuerzas. El poema no afirma que el ajedrez explique la política, sino que su ausencia deja al lenguaje sin capacidad de ordenarla.


Las “letras chapoteando en un blanco mar deleznable” describen un estado de flotación semántica: el lenguaje ya no construye sentido ni orienta la acción, apenas se desplaza sin dirección. La igualdad que aparece —“avanzan igualitarias resignadas”— no es emancipatoria, sino inercial. No hay reina que proteja al rey, pero tampoco rey que perder. El naufragio no es dramático: es un destino sin épica.


A diferencia de los textos anteriores, donde el ajedrez impone forma, repite la historia, quiebra al sujeto o produce violencia simbólica, aquí su ausencia no libera nada. Al contrario, expone el vacío que deja una vez que desaparece. El poema no propone una alternativa al tablero: muestra el estado de cosas cuando ya no hay sistema que organice el conflicto.


Como cierre del conjunto, Poema sin ajedrez cumple una función precisa: desplaza la pregunta. Ya no se trata de qué puede hacer el ajedrez en la poesía, sino de qué ocurre cuando no hay ningún dispositivo capaz de estructurar el sentido. El resultado no es el caos espectacular, sino una deriva silenciosa. Y en esa deriva, el lenguaje persiste, pero sin poder.

 

Poema sin ajedrez


Este poema sin ajedrez

no puede aclarar la política

que contienen los poemas con ajedrez incluido

aquí no existen

las batallas de filas negras y blancas

sólo hay letras

chapoteando en un blanco

mar deleznable

sin reina enloquecida

que resguarde a un rey inerme

avanzan igualitarias resignadas

hacia cualquier naufragio


Cierre

Leídos en conjunto, estos textos muestran que el ajedrez en la poesía no es un motivo decorativo, sino un dispositivo extremo: puede imponer la forma, repetir la historia, quebrar al sujeto, abrir el infinito, contaminar el cuerpo o dejar solo ruinas. La diversidad de estos usos explica su persistencia literaria: allí donde el mundo se vuelve opaco, el tablero ofrece —o promete— una estructura, aunque sea para demostrar su insuficiencia.


Nota sobre el texto de Jan Hein Donner

La derrota no es un poema en sentido formal, pero funciona como tal dentro de este ensayo. No narra una partida ni elabora una reflexión: registra un instante absoluto. Todo el texto gira alrededor de una sola jugada fallida, y ese giro obsesivo suspende el tiempo y reduce el mundo a un único punto de quiebre.


La prosa de Donner no busca explicar ni simbolizar el ajedrez. Lo expone como experiencia límite: una práctica capaz de producir inmovilidad, culpa y deseo de castigo. El lenguaje no progresa, se estanca; el tablero vacío pesa tanto como el error cometido. Esa concentración extrema del sentido, esa fijación en una imagen irreductible, es lo que aproxima el texto al funcionamiento del poema.


Nota sobre las traducciones

Los poemas en lengua extranjera se presentan en traducciones al español de circulación habitual. En los casos necesarios, se han respetado las versiones más difundidas o aquellas que mejor conservan el ritmo y el tono del original.


Franco Salcedo del Río (Fulgor Sedano). Chincha, Siglo XX. Egresado de la PUCP en la especialidad de Lingüística y Literatura. Ha publicado: Como Dulce Trueno (palimpsestos); El Solitario -crónicas de viaje; Homo Demens (novela) El Enemigo (novela), El Retorno (relatos) y Breve historia de la física (novela). Es poeta, narrador, docente de fisica y matemáticas; enamorado del mar y apasionado de los atardeceres y el ajedrez.

Comentarios


bottom of page