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Lo que nos mueve no es la música. Seis poemas de FIESTA de Denisse Vega Farfán


NACIMIENTO


Luces de colores: perseas, líridas, desciendan sobre mí.

Chorro estelar, eyaculatorio: no soy aún una posibilidad.

Las milicias paternas persiguen el sol de mi madre

que se posiciona central, en el dínamo de una negra galaxia

que apaciblemente ignora.

Solo una duda, la que ella califique menos peligrosa, alcanzará su núcleo

y la multiplicará hasta hacerla crecer como un bulto carmesí en sus entrañas

que, luego de madurar lo suficiente para enfrentar los duros climas del orbe,

habrá de expulsar, evitando que la mate.

Luces de colores: me alimento de sus mejores zumos;

abandono mi gelatinosa condición de mancha en la intermitencia inaugural.

El raudal de silenciosos sismos que preceden al nacimiento

o una mejorada versión de saurio –eso se pretende-

hace su nicho en el hangar de mis células.

¿Y el órgano de Poesía?: indetectable al transductor.

¿Desde qué cálculo audaz de esta ingeniería

–que me talla el mural de mis predecesores–

viene replicándose esa invisible molleja de fauces y palabras

que me resumen escribiendo aquí ahora?

Madre acaricia la redonda superficie de su anhelo,

la luz del mundo golpea su techo prolijamente cableado,

por donde la vida insiste con su lenguaje de ostra.

Es hora de salir, dice la luz, con suavidad, a veces con violencia.

Pero yo duermo.

Luces adentro abrazo la incertidumbre de no saber qué soy:

¿un meteorito, una tumoración?

¿Será por eso que no salgo y su lecho pélvico me envuelve más y más

como una reserva de proteínas contra la hambruna?

Esas puertas por las que pasó pitando el deseo

no ceden paso a su última transformación que soy yo.

Un delgadísimo corte, ojo de lince previo al zarpazo, me asoma.

Luces de quirófano: el mundo intenta controlar su hemorragia

desde que fue mundo,

se coloca guantes de polietileno para simular asepsia

y no dejar rastro del zarpazo que me despierta

a su celada.


POSTAL


Desciendo el empedrado,

el resto de una quilla me intercepta.

Sé lo que me pregunta, pero no respondo.


Jirones de redes

–que no lograron atrapar al gran pez

como la vida–

colonizados por el musgo.


Si me detengo

una multitud de milimétricos ojos me ausculta:

cangrejos que han aprendido

la virtud del camuflaje.


En la osamenta de un pelícano

han hecho su casa los protozoarios.


No sé a dónde se han ido los pescadores

con la tentación de sus sedales.


Poemas

en la veda de los arribos.


Todo ha sabido hacerse una patria

en el abandono.


HUMO


Sierpes naranjas abandonan las chimeneas,

asaltan al cielo hasta liquidar toda pretensión de nube.

Cansada de errar la trayectoria, una garza se cierne

sobre los restos del mercado: cáscaras, entrañas de pollo

que no resistieron el comercio de los pobres.

Mañana intentará migrar de nuevo

si acaso el cortinaje de humo le cede una ventana.

Saca su cabeza desgreñada de la basura

como intentando tomar oxígeno para un nuevo embate.

Desiste, aturdida. El humo la termina de fundir:

un amasijo de plumas sin álulas.

Quisiera saber en lo que me he convertido

vadeando en estos gases todos estos años,

si alguna vez fui una garza que sabía bien la dirección,

leer los vientos favorables, distinguir el hedor

de lo que se descompone. E imagino

que no es pescado lo que queman esos hornos,

sino alguna necrosis que cedimos inadvertidamente

a modo de tributo. Me envuelven las sierpes,

ajustan sus correas, constriñen mis órganos, me cascan la sangre

hasta demandar que expulse algo por la boca

que quizá sea yo misma. Contengo la arcada,

le obligo a luchar con la sola, herida fe de su negativa.

Le digo que afuera o adentro es lo mismo,

algo nunca deja de eviscerar sobre nosotros.

Entonces ceden, o es que ya me he vuelto humo

de otro incendio.


Fiesta: el mundo ha explotado como una burbuja de cianuro.

Agitas serpentinas de colores para declarar que aún sigues vivo.

Acudes diligente al trabajo. No sales hasta no cerciorarte de oler como cabra.

Echaron a alguien antes de ti. Dejó su olor de artiodáctilo,

la moldura de su culo en el marroquín del asiento.

Te hundes hasta que la silla reconoce la cocción de tu cuerpo, su escaldadura.

Digitas hasta que las palabras se vuelven el mismo discurso.

Fiesta: el mundo ha explotado,

el confeti de sus vísceras te salpica en el rostro.

No lo adviertes, aplicado en lograr la densidad de tu engrudo.

Te limpias cual si fuera el sudor de la jornada.

Te limpias, y tu rostro queda desmasillado en el pañuelo.

Ahora te echan.

El nuevo artiodáctilo siente tu olor y lo rechaza.

Pasa horas bajo el chorro fuerte de la ducha,

hasta que ya no se baña,

protegiendo la grasa de su naciente piel rumiante.


NAVEGANDO EN LAS FIESTAS DE SAN PEDRO


Un arcoíris se extendía, lentamente, sobre la tímida cresta de las olas,

aquella heladísima mañana de junio,

pero esto no era sino el aceitoso vómito de alguna fábrica.

“Se ve lindo”, dijiste, con ese sarcasmo que hábilmente

sabes envolver con la prenatal inocencia de un manatí.

Antes que las gaviotas terminaran de trizar los últimos tiznes

de la madrugada, ya estábamos en el muelle

disputando un sitio en las embarcaciones

cual si fuera un salvataje al absurdo.

Y nos echamos a navegar, en pródigos racimos,

como migrantes en nuestra propia ciudad

o el tonelaje de una pesca fuera de temporada.

El Santo, que no tenía la piel escamada por el sol

ni las marcas de lucha mar a fondo del redero,

era cargado en andas sobre los hombros

de quienes destararon el fulgurante cinturón de las aguas

para ofrendarle el pescado más carnoso.

Desde su nave mayor, ataviado de un manto teñido por nuestras agallas

hendidas en los jornales del año, se abrió paso entre nosotros,

prometiendo abundancia con sus paralizados ojos de cera

que miraban sin mirar, o habían logrado despertar fuera de aquí

en alguna silenciosa algarabía.

Lo vimos perderse entre trompetas, platillos y tambores,

volverse desconcertado a la Parroquia en nubes de confeti

con el alto encargo lacerándole la lengua.

Un vaso de vino al barquero, a manera de óbolo para llegar a salvo

hacia otra vida, y nos acercó a la Isla Blanca: reluciente globo

en medio de este fallo ocular que nos devora.

Lo ha visto todo, desde antes que nuestros abuelos

arribarán en un avispero sobre su copiosa fronda mineral

y la esquilaran.

Aun así, sus rocosas axilas nos mostraron sus nidos:

piqueros, gaviotines empollando.

Algunos jóvenes pelícanos izaron vigorosamente sus alas

sin la perturbación de no poder hacerlo más algún día

sobre nuestra escombrera.

Otros, desplumados y viejos, se envolvían apacibles

en el insípido regalo del sol del mediodía.

Un lobo sumergió la cabeza apenas encontramos su mirada

y, en su desesperación, otra vez esos violetas,

esmeraldas, ocres sellando la superficie,

arrebatándonos la hermosa levedad de su abandono.


Ven a la fiesta del poema.

Nadie te invitó,

no estás enlistado

pero entra.


Es así siempre,

asistir a su fenómeno con la sensación de irrumpir

en una fiesta ajena,

seducido por la tentación de un goce

irreductible a otro ejercicio humano

con la duración de un celentéreo,

o la pulsión

de rasgar ahí en lo invidente

y homicidamente calmo.

Ven,

no busques al agasajado,

saboteó su propio festejo.

El agasajado que es la incertidumbre

por la que el germen del eterno retornar a esta hoja

no deja de replicarse.

No hay quien te reciba el saco

y cautele tus oscuras riquezas.

No hay quien te llene la copa

con denso líquido proteico

evitando la oxidación del lenguaje

con el que se erectaron todas las seguridades

que, confías te convocaron aquí hoy.

Tan necesario te crees, tan considerado

con tu parcela de palabras

alineando sentencias.

La poesía no es anfitriona,

hace de todo para que te vayas temprano.

En cuanto adviertes un relente

abriéndote paso entre los silos, acusa:

“¡por ahí no es!”.

En cuanto le ofreces las palabras de tu demorado bolo alimenticio:

“No intentes embutirte en el traje equivocado.

Importa el alcance de tus movimientos,

o nada será la combustión de tu ofrenda

intentando derrotar la noche.”

Invítate a bailar en un rapto de peligrosa confianza,

acordónate a ti mismo

hasta presentir el reptil que te inaugura.

No esperes la luz adecuada, la absoluta fidelidad del sonido,

la versión final del ensayo, todo es ensayo

para una presentación prescindible.

No aguardes la posición más visible en el poema,

nada es inadvertido a su mirada.

Reconoce tu espacio,

baila desde tu lugar,

verás cómo la mínima loseta se ensancha

hasta revestir todo el salón.

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FIESTA de Denisse Vega Farfán

Alastor Editores, 2021

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Crédito de fotografía: Alastor Editores


Denisse Vega Farfán (Trujillo, Perú, 1986). Autora de los poemarios “Una morada tras los reinos” (Centro Cultural de España & Lustraeditores, "Premio Poesía Joven del Perú, 2008) y "El primer asombro" (Animal de invierno & Paracaídas Editores, 2014), título pultimo que concretó una edición en México por Proyecto Literal en el año 2019. Así como de la plaquette Hippocampus (La Propia Cartonera, Uruguay, 2010). Ha publicado en otras lenguas Une demeure apres les regnes (Paracaídas Editores, 2013). Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, chino, italiano y alemán, apareciendo en diversas antologías y publicacionbes especializadas.

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